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Profesorado de Educación Superior en Ciencias de la Educación del Instituto Superior Juan Amós Comenio A-817
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El anuncio sueco de que retirarán tecnología de las aulas por los malos resultados del alumnado abre el debate: ¿cuán buena es la educación digital? Los estudios apuntan que las pantallas no mejoran las destrezas educativas tradicionales, pero se consideran inevitables su presencia en los colegios.
Fuente: https://ethic.es/
Hace unos días, la ministra de Educación sueca, Lotta Edholm, anunciaba que iba a echar el freno de mano en la progresiva digitalización educativa del país. Sin entrar en detalles, más como declaración de intenciones, señalaba la alarma en el gobierno del que forma parte por los malos resultados del país en el Informe PIRLS, un estudio similar al célebre PISA de la OCDE. Según sus conclusiones, en los últimos cinco años la capacidad de comprensión lectora de los niños suecos había pasado de un nivel alto a intermedio, un resultado quizás no catastrófico pero si preocupante para sus estándares habituales.
El PIRLS, conocido así por sus siglas en inglés, es el Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA), una prueba que evalúa la comprensión lectora de los alumnos en 4º de Primaria. El PISA, mucho más conocido en España, mide además de la comprensión lectora las habilidades básicas en ciencia y matemáticas. Desde 2013, Suecia y sus vecinos nórdicos vienen registrando cada vez peores resultados en el mismo, cuando a comienzos de siglo eran referente europeo. Incluso en 2020 el diario Expressen destapó un escándalo de fraude: las autoridades educativas habían intentado falsear los resultados suecos de 2018.
Todavía es pronto para valorar los efectos que tendrá la reforma sueca, como coindicen las expertas con las que hemos hablado. Antes, habría que conocer los detalles concretos de esta «desescalada digital» en el aula. Isabel Dans, profesora de la Universidad de Santiago de Compostela e investigadora en Didáctica y Educación Digital, explica que «existe una corriente en pedagogía que empieza a alzar la voz sobre la necesidad de la escritura a mano y la lectura tradicional. En los centros educativos españoles hay una demanda de regreso al texto, niños y niñas que dicen: «Profe, es que estudio mejor en papel». Es una realidad, aunque no se diga mucho, porque parece que es como pedir dar marcha atrás en una inversión tan grande con la que ha hecho estos años en herramientas tecnológicas».
Isabel Dans: «No estoy a favor de retirar los medios tecnológicos de las escuelas, pero hay que tener en cuenta que quizás no sirvan para el aprendizaje de la escritura y la lectura tradicionales»
La pedagoga se muestra prudente con lo anunciado en Suecia y duda que las declaraciones de la ministra de Educación se traduzcan en una posición maximalista. La mayoría de expertos, asegura: «nos encontramos en una posición intermedia, que no es de todo o nada. Eso implica admitir que se puso mucha confianza en la digitalización y pese a ella muchos problemas educativos no han mejorado, pero que no podemos eliminar toda la tecnología del aula». Eliminar completamente las pantallas «también tendría sus problemas», indica Dans. «Necesitamos educar en saber usar las pantallas, invertir en ética y en cuidado digital, porque lo digital está en todas partes y lo que no se enseñe en la escuela se aprenderá fuera. No estoy a favor de retirar los medios tecnológicos de las escuelas, pero hay que tener en cuenta que quizás no sirvan para el aprendizaje de la escritura y la lectura tradicionales», señala.
Dans recuerda que no existen estudios que liguen directamente los malos resultados en comprensión lectora a las pantallas, pero sí que dicen que no sirven para lo contrario. En 2015 la OCDE publicó el informe Students, Computers and Learning: Making the Connection. Este concluía que los países que habían hecho mayores inversiones en introducir la tecnología digital en el sector educativo no registraron mejoras evidentes en el rendimiento estudiantil. Es más, dicha investigación ya recomendaba asegurar antes un nivel básico en lectoescritura y matemáticas a la manera tradicional para crear igualdad de oportunidades en el entorno digital antes que introducir más herramientas tecnológicas en las aulas.
Ni siquiera dentro de la propia Suecia son nuevas estas críticas. La experta más importante en pronunciarse contra ciertos enfoques contemporáneos o el fetichismo tecnología la autonomía del alumnado es la pedagoga Inger Enkvist, autora, entre otros, de dos libros muy influyentes: La Educación en peligro (2001) y Repensar la Educación (2006). Enkvist fue durante años asesora del gobierno sueco y es conocida en España por haber traducido al sueco a autores como María Zambrano, Fernando Savater, Juan Goytisolo y Mario Vargas Llosa.
Julia Mañero: «El libro de texto y la tablet o la pizarra digital no son excluyentes, lo que hace falta es una convivencia armónica entre ambos»
La pedagoga e hispanista criticaba, más que la tecnología en clase, mucho menos común en 2001, los modelos educativos que rápidamente se empezaron a asociar a ella. Por ejemplo, la puesta en valor de la autonomía del alumnado por encima de unos objetivos de aprendizaje estandarizados. En 2017 se unió a estas críticas el profesor de la Universidad de Gotemburgo, Jonas Linderoth, quien sostuvo que el progresivo desplome de Suecia en informes como el PISA se debía a la mala aplicación de dichas políticas. Tal y como sigue afirmando a día de hoy, la libertad de aprendizaje, medios tecnológicos mediante, es útil para alumnos que ya tengan una base de conocimiento, pero no en los niveles más básicos, donde los métodos más tradicionales sigue siendo necesarios. Linderoth subrayaba como este modelo acaba sirviendo para aumentar las desigualdades y rebajar el nivel educativo general.
«El problema es que se criminalice el uso de la pantalla y se vincula a los resultados de estudios como el PIRLS o el PISA sin entender que son una herramienta, y su efectividad depende del uso que se les dé», explica Julia Mañero. Esta experta es profesora de Educación Artística en la Universidad de Sevilla y especialista en la postdigitalidad en el aula, un enfoque que propone no tanto esa «desescalada» sueca como «un aula híbrida, en la que siga existiendo el libro de texto analógico, pero también un uso crítico de las herramientas digitales, siendo conscientes de sus ventajas y sus inconveniente».
«Las herramientas tecnológicas de por sí no son innovadoras, sino su uso. Pueden favorecer la comprensión lectora… o puedes usar un libro de texto y conseguir el mismo resultado», explica. Duda también que la intención de Suecia sea «eliminar completamente lo digital del aula, por el momento en que vivimos. Sería desligar la educación de una sociedad que está completamente mediatizada y volcada en las pantallas». Si hay una evolución «más bien será hacia darles un uso consciente, sabiendo para qué las queremos, en una educación híbrida. El libro de texto y la tablet o la pizarra digital no son excluyentes, lo que hace falta es una convivencia armónica entre ambos».
Dans añade que en el caso de España en muchos centros «ya conviven la tablet y la libreta o el libro tradicional. Muchos profesores te contarán como el dibujo, el tacto, escribir a mano… ayudan al desarrollo, la memoria y la creatividad. Los medios digitales son útiles pero debemos combinarlos con la escritura a mano y la lectura tradicional. Aprender a ir en patinete eléctrico está bien, pero primero hay que saber caminar».
Ambas expertas coinciden en no incidir en la consabida «falta de formación del profesorado. Es responsabilizar a quien está en el aula de las políticas generales y además es un tópico que se usa siempre», afirma Dans. Además, «la formación que se da suele ser de cómo encender o apagar la herramientas, cuestiones técnicas, no de su uso pedagógico, no tiene sentido», añade Mañero. «Las pantallas son inevitables. Lo que es un error es vincularlas a aprendizajes más tradicionales sin valorar su utilidad», concluye Dans
Hasta el 1 de junio hay registrados 61 incidentes con 20 muertos y 40 heridos a nivel nacional. Solo en los primeros cinco meses del año.
Las escuelas y universidades de Estados Unidos dejaron de ser seguras para sus estudiantes hace más de tres décadas. La lista de masacres es extensa y se actualiza en tiempo real. El 20 de abril de 1999 en Columbine, Colorado, dos jóvenes neonazis, Eric Harris y Dylan Klebold, asesinaron a 15 alumnos de entre 14 y 18 años, a un profesor y luego se suicidaron. La historia fue llevada al cine documental por Michael Moore en 2002. Desde ese momento – pasó casi un cuarto de siglo – los homicidios masivos en ámbitos escolares aumentaron de manera colosal. En lo que va de 2023, la organización Everytown for Gun Safety (Seguridad de armas para todas las ciudades) publica un mapa político de EE.UU. con estadísticas de tiroteos en institutos educativos estado por estado. Hasta el 1° de junio pasado llevaba registrados 61 incidentes con 20 muertos y 40 heridos a nivel nacional. Solo en los primeros cinco meses del año.
Las cifras requieren de un contexto. Si todos los días en Estados Unidos son asesinadas 120 personas con armas de fuego (el número surge de un promedio de cuatro años, entre 2018 y 2021 inclusive), la cuenta ascendería a 43 mil 800 muertos. En esa cantidad anualizada de víctimas fatales caben, según el informe, casi 4 mil niños y adolescentes muertos a tiros y otros 15 mil que son heridos a balazos pero no pierden la vida. Tanto dentro como fuera del ámbito educativo. La estadística de este tipo de violencia, un karma del declamado sueño americano, se completa con un dato adicional de la investigación: en medio de este azote unos 3 millones de menores están expuestos a los tiroteos masivos.
El mapa de Everytown for Gun Safety es una radiografía actualizada del uso de armas de fuego. Registra víctimas mortales y heridos en instituciones escolares de todo el país. Al menos en 29 estados de EE.UU se comprobaron casos de violencia homicida en 2023. Son más de la mitad. Un texto que sigue al mapa señala que la ONG “comenzó a rastrear incidentes de disparos en terrenos escolares en 2013 para obtener una mejor comprensión de la frecuencia con la que los niños y adolescentes se ven afectados por la violencia armada en sus escuelas y universidades, y en respuesta a la falta de investigación y datos sobre el tema”.
La violencia en el universo educativo de Estados Unidos se da con más frecuencia en instituciones a las que asisten en mayor proporción estudiantes afroamericanos. Son las víctimas más propicias para los killers con acceso irrestricto a armerías o hasta en sus propias casas donde los padres mantienen arsenales. “Las armas de fuego son la principal causa de muerte de niños y adolescentes. Ser testigo de tiroteos, ya sea en sus escuelas, sus comunidades o sus hogares, puede tener un impacto devastador. Los niños expuestos a la violencia, el crimen y el abuso tienen más probabilidades de abusar de las drogas y el alcohol; sufren de depresión, ansiedad y trastorno de estrés postraumático” describe la investigación.
También explica que “no se incluyen los incidentes en los que se trajeron armas a las escuelas pero no se descargaron. El mapa refleja los incidentes que resultaron en muertes o lesiones, así como aquellos en los que nadie resultó herido”.
Everytown for Gun Safety promociona un plan para almacenar armas en lugares seguros y a fines de 2022 informaba que 8,5 millones de estudiantes asistían a escuelas que seguían aquella política preventiva. Pero no es en los colegios que los jóvenes se procuran las pistolas, revólveres o en ciertas ocasiones, los fusiles de asalto. “Hasta el 80 por ciento de los tiradores escolares menores de 18 años obtienen su arma en el hogar”, dice la organización. En EE.UU ya se habla de educar a los padres de los niños en el uso responsable del armamento.
“Al menos 4,6 millones de niños en los Estados Unidos viven actualmente en hogares con armas de fuego no seguras, y la violencia armada sigue afectando a nuestra población joven de maneras inimaginables”, declaró Shannon Watts, fundadora de Moms Demand Action (algo así como Las madres exigen acción).
El 2 de junio pasado, Ryan Busse, ex vicepresidente de ventas de Kimber América entre 1995 y 2020 – un importante fabricante de armas-, y asesor desde 2021 de Gabrielle Giffords, una excongresista de Arizona gravemente herida de un disparo en la cabeza en 2011 durante un tiroteo masivo, aportó datos claves en una entrevista que le concedió al sitio ProPublica de EE.UU: “Antes de 2007, las personas en los Estados Unidos nunca compraron más de siete millones de armas en un solo año. Cuando Barack Obama dejó el cargo, Estados Unidos compraba casi 17 millones de armas al año”.
En diálogo con el periodista Corey G. Johnson también describió: “Cuando Trump fue elegido, hubo lo que se llamó en la industria la Caída de Trump, lo que significó que, dado que se eligió a un republicano, el miedo a Obama había desaparecido y Hillary Clinton no fue elegida. El tipo de miedo y conspiración disminuyó, y las ventas se estancaron por un tiempo porque la industria y los dueños de armas creyeron que la amenaza había pasado”.
Pero Busse comentó que durante la presidencia del magnate – hoy en serios aprietos judiciales – “experimentamos un nivel completamente nuevo, nunca antes visto, de miedo, racismo, odio y conspiración que culminó en 2020. En ese año, tuvimos George Floyd, bloqueos de COVID, Black Lives Matter, protestas de Antifa y Kyle Rittenhouse. Quiero decir, fue el año más tumultuoso que cualquiera pueda recordar con más odio, conspiración y maldad. Ninguno de nosotros puede recordar un año así. En ese año, los consumidores estadounidenses compraron casi 23 millones de armas, más del triple que antes de que Barack Obama asumiera el cargo”.
En EE.UU es tan grande la deuda legislativa para moderar las consecuencias de la Segunda Enmienda de la Constitución que habilita el uso irrestricto de armas, que el gobierno de Joe Biden recién consiguió que se votara la primera ley importante sobre su regulación en 26 años.
Quince senadores republicanos se unieron a los cincuenta demócratas de la Cámara Alta para apoyar esta norma que “salvará más vidas” según el presidente. Fue aprobada el 25 de junio de 2022 después de dos matanzas. La que cometió un hombre armado contra 19 niños y dos maestras en una escuela primaria en Uvalde, Texas. Y la que un supremacista blanco perpetró en Buffalo, Nueva York, contra diez clientes de un comercio de alimentos.
Fuente: https://letraslibres.com/ciencia-tecnologia/future-tense-alumnos-chatgpt-preguntas-cambios-tecnologicos/
La redacción sonaba a típica verborrea de último minuto para intentar describir los conceptos del curso: las oraciones transmitían, en el mejor de los casos, un entendimiento superficial sobre lo que habíamos hecho este semestre y el argumento respondía vagamente a la pregunta. Era el tipo de ensayo que usualmente me hace preguntarme: ¿Alguna vez vino a clase este alumno? ¿Les he transmitido algo de valor?
Pero faltaban los pistas que típicamente delatan a un ensayo redactado en una noche de desvelo: no había errores gramaticales ni ortográficos, ni los ejemplos extraños que a algunos alumnos les parecen profundos a altas horas de la noche, pero que suenan muy mal a la mañana siguiente. ¿Era posible que, justo antes de terminar el semestre, estuviera viendo el primer ensayo de mis alumnos escrito por ChatGPT?
Puse una parte del texto en uno de los nuevos detectores de escritura de inteligencia artificial. Antes de dar clic, caí en cuenta de lo ridículo, y tal vez desesperanzador, que era lo que estaba a punto de hacer: iba a usar una máquina para ver si otra máquina había escrito el ensayo de un alumno. Me di cuenta de que estaba viviendo una prueba de Turing, en la que yo, la persona humana, ya no podía estar completamente segura de que estaba leyendo el trabajo de otro humano o una respuesta copiada y pegada producida por una I.A. generativa.
En el semestre de otoño me preocupaba saber si los ensayos estaban siendo comprados en internet: difícil de comprobar, pero resultaban ser tan malos que a los alumnos les iba mal de todas maneras. En el semestre de primavera las reglas del juego han cambiado por completo: debo estar atenta a si una máquina ha escrito los ensayos de mis alumnos.
Después de correr la prueba (10.1% escrito por un humano, según el programa), descansé la cabeza sobre la mesa de la cocina y me invadió un sentimiento de agobio por la avalancha de cambios tecnológicos que parecen haber avanzado a la velocidad de la luz desde enero: I.A. generativa para texto, imágenes y arte (y, en menor medida, música y video), poniendo en duda en qué podemos confiar y qué es real.
Por mi paz mental, necesitaba saber si tanto mi detector interno de mentiras como el detector automatizado tenían la razón en cuanto a que el ensayo era efectivamente obra de ChatGPT. En un correo electrónico al alumno le di la opción de ser honesto sobre si había utilizado la herramienta de I.A., prometiéndole que no iba a haber una penalización en su calificación ni una repercusión ética por lo que era, en el mejor de los casos, un ensayo de 7; después de todo, no lo había prohibido explícitamente en la tarea. Me dijo que lo había hecho y, como en la mayoría de los casos en los que se hace trampa, fue porque se sentía cansado, estresado, y desesperado.
Técnicamente, había ganado mi primer enfrentamiento (conocida) contra una máquina. Sin embargo, no experimenté un sentimiento de victoria.
Estudio y enseño acerca de medios de comunicación, política y tecnología, lo que significa que ayudar a las personas a entender el potencial disruptivo de las nuevas tecnologías de los medios de comunicación para la vida cívica es literalmente mi trabajo.
Esto también ha significado que este semestre ha sido uno de los más existencialmente desafiantes en mis 17 años impartiendo clases, y eso que di clases en Washington D.C. durante las elecciones de 2016 y los primeros años de la presidencia de Trump, y en Zoom durante el principio de la pandemia (lo que puso a prueba cada molécula de mi cerebro con déficit de atención).
Este año, no solamente asumí la tarea de jugar a golpear al topo con ChatGPT, sino que también me encontré tratando de asimilar lo que podría ser el cambio tecnológico más significativo desde la introducción de los teléfonos inteligentes. Más allá de las dinámicas del salón de clases, me doy cuenta de que hoy más que nunca es importante ayudar a mis alumnos (y a mí también) a encontrar el lenguaje adecuado para hablar de los cambios que estamos experimentando, así como a formular las preguntas que debemos hacernos para poder encontrarles sentido.
El potencial disruptivo de la I.A. generativa me consumía. A mí y a los demás, por supuesto: The Atlantic proclamó la muerte del ensayo universitario; mi universidad creó una clase nueva para alumnos y profesores de distintas disciplinas que explora la ética de la I.A. y convocó una serie de webinars y juntas para ayudar a docentes a entender al nuevo leviatán al que súbitamente nos estábamos enfrentando.
Mientras tanto, en cada una de mis tres clases me he obsesionado con enseñar sobre los desórdenes de la información, o las muchas maneras en las que nuestro entorno de información está contaminado, desde deepfakes, clickbaits, o incluso las noticias hiperpartidistas. Y aunque podía explicar los procesos e incentivos para crear y consumir contenidos engañosos, hubo momentos en los que me abrumaba completamente la escala y la premura con la que GPT estaba generando caos.
“No tengo nada que decir”, les dije a mis estudiantes como respuesta a las fotos falsas del arresto de Trump que habían sido creadas por un periodista de un medio muy respetado de periodismo de investigación (que, en sus palabras, dijo que “solo estaba bromeando”). Rastreamos la línea de tiempo y hablamos sobre quién podría ser vulnerable ante la desinformación, pero en realidad fue un momento de clase que parecía completamente surrealista: ¿qué podría ser lo siguiente? (Enseño en una universidad católica, así que por lo menos la foto del Papa en una chamarra blanca aligeró el momento).
Sin embargo, mis alumnos estaban innecesariamente enfocados en mistificar de más la alteración de la información, la economía de la atención, y a los gigantes tecnológicos en general, renunciando así a su propia capacidad para entender lo que está pasando. “El algoritmo” y la “I.A.” se convirtieron en “el Coco” en mi clase: palabras todopoderosas que significan el fin de las carreras y encapsulan la ansiedad causada por todo, desde la graduación y la búsqueda de trabajo hasta los ataques a los derechos LGBTQ y al aborto.
Cuando escucho a mis alumnos discutir de estos nuevos “Cocos” tecnológicos, recuerdo los errores que hemos cometido al criticar a los medios de comunicación. Cuando las palabras por sí mismas encierran tanto significado, y tantas maneras posibles de interpretarlas dependiendo del orador, renunciamos innecesariamente a nuestra capacidad de comprender la precisión y los matices que necesitamos para encontrar los puntos de intervención y separar nuestra crisis existencial de las amenazas más inmediatas a la justicia social, al medio ambiente y la democracia.
Consideremos la multiplicidad de significados para “fake news”, desde memes en línea y políticos desacreditando al periodismo basado en datos, hasta la sátira y los programas nocturnos, entre otros. Se vuelve casi imposible saber quién califica de falsa una noticia, y aun más exigir rendición de cuentas.
Además, el colapso de grandes categorías o industrias para convertirse en entes únicos y unificados exagera su capacidad de influir en el público. La mayoría de los estadounidenses dirán colectivamente que no confían en “los medios de comunicación”, imaginados como una cábala de actores oscuros que manipulan al público a través de algún tipo de intento coordinado de control mental.
Sin embargo, unas cuantas preguntas de seguimiento harán que las personas eventualmente mencionen excepciones de los medios en los que sí confían, ya sea Fox News, el New York Times, o algún canal extraño en YouTube de teorías de conspiración. Los medios de comunicación no son un monolito: están constituidos por los deseos, decisiones y preguntas de las personas que los consumen.
De la misma manera, en lo que respecta a la I.A. generativa, si nos rendimos y lamentamos el fin del ensayo universitario, el fin de la abogacía, e incluso el posible fin de la humanidad, cedemos nuestra capacidad de dictar el futuro potencial de la tecnología a las voces más poderosas que invierten en ella.
En una clase de este semestre, un estudiante hizo una presentación que mostraba las capacidades de ChatGPT: diseñó una página web básica y nos contó una adivinanza que ChatGPT respondió correctamente. El estudiante no señaló el hecho de que ChatGPT también puede estar equivocado, y los estudiantes se fueron ese día murmurando: “eso es todo, este es el final, ya no tendremos trabajos.”
Convencerlos de lo contrario ha sido extremadamente complicado, pero para mis alumnos y para el público, la manera más rápida de sentirse desesperanzados ante un cambio tecnológico aparentemente imparable es decidir que es todopoderoso y demasiado complicado como para que una persona ordinaria lo pueda comprender. Esta desesperanza paraliza a la opinión pública en general, permitiendo a las empresas tecnológicas actuar sin ningún tipo de control.
Hay una sección en el plan de estudios de mi clase “Sobreviviendo a las Redes Sociales” que se titula “What hath God wrought” (¿Qué ha forjado Dios?), en referencia al primer mensaje telegráfico enviado. Una pregunta atinada que resiste el paso del tiempo y que refleja la incapacidad de nuestro lenguaje e imaginación actuales para comprender las formas en que los avances tecnológicos pueden moldear el futuro.
En esta sección de nuestro curso, los estudiantes se enfrentan a las incógnitas de las criptomonedas, el biohackeo, el amor robot y cómo nuestra vida digital continúa después de nuestra vida mortal. Mis estudiantes son capaces de definir las preguntas que estos avances inspiran, evaluar el panorama actual e identificar futuros probables a nivel individual y social, sin ser genios tecnológicos ni informáticos.
A eso quería llegar con el título de la sección. El hecho de que el primer mensaje por telégrafo de Samuel F.B. Morse de 1844, basado en un pasaje bíblico, todavía plantea una pregunta relevante debería darnos alguna esperanza de que tenemos la oportunidad para recuperar el control sobre un mundo que parece cada vez más cercano que nunca a una aniquilación tipo Terminator. (En nuestra trabajo final, indiqué específicamente a mis alumnos que poner una imagen en PowerPoint de un holocausto nuclear no era una respuesta aceptable a la pregunta sobre los peores escenarios posibles).
Lo que espero haber enseñado a mis alumnos es que cuando desarmamos los términos generales que hacen tan imposible aprehender este momento –“I.A.”, “algoritmo”, “Big Tech”– se abre la posibilidad de observar cómo las mismas preguntas y puntos de partida de críticas previas a la tecnología nos han preparado acertadamente para este preciso momento.
Podemos comenzar por lo básico: ¿A qué tipo de inteligencia artificial te refieres y qué uso o función específica te preocupa? ¿Quién hace dinero con este desarrollo particular de la tecnología? ¿Quién tiene la capacidad de implementar una regulación o fomentar su desarrollo?
O tal vez, de manera más simple, sería bueno que tomáramos en consideración lo que el futurista y experto en tecnología ética Jaron Lanier comentaba recientemente en el New Yorker: “la perspectiva más pragmática es considerar a la I.A. como una herramienta, no como un ente.” Cuando recordamos esto, que hemos creado estas tecnologías como herramientas, estamos facultados para recordar que tenemos la capacidad de moldear su uso.
Para fines prácticos, estoy tratando a GPT como una calculadora: la mayoría de nosotros usamos calculadoras en clase de matemáticas y de todas maneras no sacamos calificaciones perfectas. Después de descubrir mi primer ensayo elaborado con ChatGPT, decidí que, de ahora en adelante, los estudiantes pueden usar la I.A. generativa en las tareas, siempre y cuando expliquen cómo y por qué lo hicieron. Espero que esto me lleve a golpear menos mi cabeza contra la mesa de la cocina y que, en el mejor de los casos, sea una lección en sí misma. ~
Bienvenido sea el controvertido término de las “competencias básicas” , entendidas como capacidades holísticas e integrales, como conjuntos...