viernes, 8 de mayo de 2020

Desigualdades educativas en tiempos de coronavirus

Por Pedro Núñez, director académico del Doctorado en Ciencias Sociales de la FLACSO Argentina.
Publicado en La Vanguardia Digital, 14 de abril de 2020.

La pandemia del coronavirus ha desatado muchos problemas y ha puesto en evidencia muchos preexistentes, uno de ellos: la desigualdad. En materia educativa, los problemas preexistentes han quedado evidenciados de la manera más cruenta. Pero también la experiencia crítica vinculada a esta crisis puede ser el caldo de cultivo para soluciones más innovadoras y perdurables.

En 1997, fines del menemismo en la Argentina, en el mundo académico y educativo había logrado cierta circulación el libro La nueva era de las desigualdades de Fitoussi y Ronsavallon. En su trabajo los autores franceses prestaban atención a dinámicas desiguales que, ante la magnitud de las transformaciones sociales ocurridas por esos años, se caracterizaban por ser más más móviles y flexibles. Según su mirada no se trataba ya sólo de pensar los cambios y continuidades en términos del par igualdad-desigualdad a partir de ejes clásicos –o persistentes– como el género, la clase o el poder sino más bien intentar comprender la complejidad que adquiere la desigualdad en las sociedades actuales. Esas nuevas desigualdades se distinguían, fundamentalmente, por ser intracategoriales, es decir, era preciso observar el trato desigual hacia dentro de una misma categoría de análisis (los docentes, los estudiantes, o el colectivo que se les ocurra). Si bien a Fitoussi se le perdió algo el rastro, los posteriores trabajos de Rosanvallon también tuvieron cierta circulación en algunos ámbitos, al punto que se convirtió en un asiduo visitante de nuestro país (cuando todavía eran posibles los viajes académicos para dictar conferencias y presentar libros).

Pero vamos a quedarnos con docentes y estudiantes, porque de ellos y ellas se tratan estas líneas pensadas a la par de la temporalidad pastosa de la cuarentena, un tiempo sin tiempo o, mejor dicho, de un «eterno domingo», pero sin que la mayoría de las obligaciones sociales se hayan acomodado al ritmo dominical.

No es novedad que la cuarentena implica una desorganización del tiempo, o del tiempo tal como lo conocíamos. Si de acuerdo a Norbert Elias la función de los calendarios y relojes, tanto como la organización de nuestras agendas (de trabajo, pero también podríamos agregar de organización del cuidado), contribuyen a la construcción de marcos organizativos, el tiempo del COVID-19 pareciera tener un ritmo particular.

El sistema educativo durante el COVID-19 trastoca aún más sus funciones, en tanto una de sus tareas centrales se relaciona con la regulación del tiempo, como faceta indispensable del control de las emociones y el respeto de ciertas rutinas que serán efectivas en la futura trayectoria laboral. El uso específico de un tiempo y espacio escolar es una de las piezas que, en palabras de Pablo Pineau, no sólo diferencia los espacios de trabajo y de juego sino que «define ciertos momentos, días y épocas como más aptos para la enseñanza, los dosifica en el tiempo y les señala ritmos y alternancias».  Como contracara, pocas dudas caben de que la posibilidad de generar disrupciones en los calendarios es uno de los elementos principales de negociación con el cuentan los sindicatos docentes –particularmente en la disputa por el inicio de las clases, su alteración durante el año o la necesidad de recuperar o no los días considerados “perdidos”–. De un modo similar, el movimiento estudiantil suele incrementar su margen de discusión en la agenda pública cuando logra alterar el funcionamiento cotidiano de las instituciones.

Muchas de las desigualdades que devela este tiempo y parecen novedosas en realidad son preexistentes y se interrelacionan (históricas como el espacio y biblioteca en la casa, las necesidades de cuidado, el trabajo, la changa, las más nuevas dificultades de conectividad).

Sé que hay múltiples situaciones y problemáticas en el durante el coronavirus, pero una no menor, y a la cual no se le está prestando la suficiente atención, es qué ocurre en nuestra cotidianeidad cuando no tenemos el sonido del timbre como organizador de nuestra jornada (como la del pitido de la fábrica). El sonido de la campana o del timbre marca el inicio y finalización de la jornada lectiva, los tiempos de recreo, el cambio de turno, el momento de retirar a niños y niñas de la institución, el momento en el cual los estudiantes del secundario recuperan su condición plena de jóvenes. Se trata de secuencias que son parte de nuestra educación sentimental, otra de esas escenas como la del perro que retoza al sol en un patio de escuela, del sonido que acopla en un acto escolar –nunca lograremos que el sonido ande bien– o la pantalla que no enciende correctamente.

Además de esta pérdida de referencias propia de la reconfiguración del tiempo, en los pocos días que llevamos en esta nueva situación enfrentamos el posible surgimiento de nuevas desigualdades escolares, que se suman a las muchas preexistentes. En estas semanas enfrentamos una disparidad de situaciones: los que tienen un rato de clase por Zoom o un soporte similar, los que acceden a la plataforma de ciertas editoriales o grupos económicos, quienes reciben mails de la escuela con actividades y quienes dependen de la ocurrencia de alguna/algún docente. Estas son sólo algunas de las posibles respuestas.

Muchas de las desigualdades que devela este tiempo y parecen novedosas en realidad son preexistentes y se interrelacionan (históricas como el espacio y biblioteca en la casa, las necesidades de cuidado, el trabajo, la changa, las más nuevas dificultades de conectividad). En ese tiempo pre coronavirus teníamos claro que la desigualdad era una arista insoslayable de los temas de agenda que, por ejemplo para el caso de la escuela secundaria, la tendencia a su universalización trajo al centro del debate. La desigualdad educativa es un tema de reflexión en nuestros países, una preocupación de orden público, una cuestión sobre la cual se debate y nos preocupa. Adquiere particularidades diferentes de acuerdo al país (en Chile más vinculado a la demanda por la calidad, en el Uruguay por las tensiones entre derechos consagrados y tradiciones, en la Argentina por la inclusión; por mencionar solo los países del Cono Sur) pero está presente y tiene incidencias en la legitimidad que logran las políticas para amortiguar las brechas.

En los tiempos pre coronavirus también sabíamos (en realidad, sabemos, porque esto no ha cambiado ni mucho menos) los tipos de desigualdades más extendidos: la más obvia vinculada al acceso. Para continuar con el caso del nivel secundario, su masificación no implicó necesariamente una democratización del mismo –entendida como ampliación de la calidad de la ciudadanía–. No había, no hay, una asociación mecánicamente virtuosa entre inclusión-igualdad, un proceso no tiende necesariamente hacia cierto tipo de resultado garantizado. Hace tiempo que predomina la diversificación en las estrategias de una escuela que busca orientarse a los públicos que acceden, como parte de un proceso de fragmentación producto de la expansión a través de inclusiones desiguales, en palabras de Gonzalo Saraví. En momentos de tendencias contrapuestas en la desigualdad, de acuerdo a la admirable conceptualización de Gabriel Kessler, este acceso tiene, en el caso argentino, más inconvenientes entre las provincias y, en algunos casos, al interior de las mismas, tanto como diferencias de acuerdo al tipo de institución en la cual se estudia.

No había, no hay, una asociación mecánicamente virtuosa entre inclusión-igualdad, un proceso no tiende necesariamente hacia cierto tipo de resultado garantizado.

A esas desigualdades se adicionan las propias del comportamiento del sistema y las trayectorias de los distintos grupos sociales. Un problema clave son las diferencias entre las tasas de ingreso y egreso, sumado al tiempo que muchos demoran en finalizar los estudios, aspectos que repercuten más en sectores socio-económicos bajos y en algunas zonas del país. Pero también hay desigualdades en la experiencia escolar, de acuerdo al tipo de vínculo que se construye en las instituciones, a la situación de travestis, grupos LGBTIQ, de acuerdo a la posesión de ciertos atributos como el de “joven peligroso”, indígena, de zonas rurales, por nombrar algunas. Las experiencias dentro de una misma escuela pueden ser diferentes en función de las desigualdades producto del trato que reciban. Se trata de un tercer tipo desigualdad, en sintonía con el trabajo de Fitoussi y Rosanvallon, e implica contemplar tanto la construcción de fronteras simbólicas que diferencian trayectorias como la extendida percepción de la desigualdad en la calidad de los bienes educativos –tanto en recursos tangibles como infraestructura o materiales de estudio y en aquellos intangibles vinculados con las formas de circulación de los conocimientos, roles docentes o el tiempo escolar–, las interacciones que tienen lugar y las características de cada institución.

En el pasaje veloz a las clases virtuales es preciso recordar que hace varios años distintos trabajos, y las y los docentes lo saben mejor que nadie, constataron las dificultades de conectividad, los distintos usos del Programa Conectar Igualdad o hicieron hincapié en la constelación de tiempos y dispositivos que tienen lugar en las escuelas (muy recomendables los de Alejandro Artopulos, Sebastián Benítez Larghi, Inés Dussel o Nicolás Welschinger). Este último mostró para el caso de las computadora de Conectar Igualdad que, más allá de la accesibilidad al bien, este adquiere distintos sentidos para jóvenes y adultos, plasmándose tensiones acerca de las expectativas sobre tal (derecho, incentivo, regalo como mérito personal). Su trabajo permite desentrañar un aspecto central de las políticas de distribución de bienes, como los criterios de legitimidad que se construyen, y muestra que la posesión del bien también reconstruye fronteras categoriales (quién la merece, quién la cuida, quién no la necesita, no sabe usarla o le otorga un uso considerado poco legítimo). Es decir que hace tiempo teníamos problemas de conectividad. También de usos de las tecnologías. Pre coronavirus estudiábamos la regulación en los usos de celulares y computadoras; también sabíamos de sus múltiples dimensiones como plataformas para reuniones, circulación de información, militancia política, aulas de ESI, entre muchas otras cuestiones.

En el durante el coronavirus precisamos conocer las nuevas desigualdades y pensar políticas que intenten anticiparse a nuevos escenarios. Hay problemas menores que habrá que ir resolviendo. Sobre varios de ellos hay notas muy interesantes como el tiempo dedicado, la cantidad de materiales que menciona un muy lindo texto de Pablo Groisman o los recursos con que cuentan las distintas instituciones para virtualizar clases en poco tiempo, tal como reflexiona Patricia Ferrante en una nota en Perfil.

Otros refieren a las desigualdades dinámicas que me interesa plantear en este texto. El sábado 28 de marzo lo discutimos en Twitter, ese lugar que nos permite creer que mantenemos algo de sociabilidad, con varias personas, muchas a las que no conozco personalmente, y así @MatiDodel enfatizó en “los que tienen PC o Laptop y no solo celular, los que tienen canilla libre de Internet de fibra óptica y no una mala conexión y de 1 o 2 gigas de data cap”.  En esa conversación, @budano_ignacio se refirió al trabajo solitario de gran parte de la docencia, narrada en su relato: “armé un grupo de wp con las fichas con las familias porque nadie estaba leyendo las propuestas del blog. Mando propuestas tipo analizar un video de Seguimos educando que no requiere datos. Las mando por un padlet archivo p cuerpo de wp. Así y todo no responden.”. También es clara la necesidad de mantener contacto con quienes están en los bordes del sistema. Lo planteaba @malamadre: “trabajo en escuela de adultos en villa. Estamos moviéndonos exclusivamente por wp. Trabajando a destajo contemplando a wp como el único recurso y con tecnología limitada. Sabemos de flias que sostienen 1 sólo telefono con datos para las tareas de padres e hijos.”.

Muchas de estas políticas no tendrán un efecto inmediato durante la cuarentena, ya que, aún cuando los estudiantes reciban sus actividades, las desigualdades preexistentes tienen una ponderación mayor. Pero sí pueden plantearse como una hoja de ruta para repensar las desigualdades educativas en el mediano y largo plazo.

Del mismo modo que la clásica tarea escolar también produce desigualdades –la diferencia entre quienes cuentan con un espacio propio, la presencia de una figura adulta con ciertos conocimientos, biblioteca, diarios para recortar, la eximición de tareas de cuidado o laborales– en esta coyuntura se avecinan las mismas preguntas. Sobre estas desigualdades preexistentes ahora debemos pensar la constatación de nuevas desigualdades que llegan con la virtualidad. Además de las mencionadas, un aspecto crucial es el soporte donde miran (laptop, computadora de escritorio, tipo de celular) y la presencia intermitente de la escuela en su cotidianeidad (vía virtualidad).

La habilidad de estar presentes en línea en la que insiste @alepolus no refiere “a la creatividad sino a haber practicado formas asincrónicas de docencia en línea. Si no las conocieron antes de la pandemia están fritos… La falta de conectividad de las familias no debería ser un límite.” ¿Cómo se logra? ¿Es factible? ¿De qué manera garantizamos que lleguen contenidos, que no se amplíen las brechas entre lo que se enseña y da en una escuela, una localidad, una provincia y otra?

En principio no parecería tan complicado si se consideran los contenidos mínimos de los Núcleos de Aprendizajes Prioritarios acordados para el nivel secundario, se planifican capacitaciones virtuales para docentes vía Nuestra Escuela o se realiza un seguimiento de las planificaciones vía libros de textos obligatorios en el nivel primario. Si las supervisoras trabajan codo a codo con los equipos directivos, si estos tienen la capacidad de promover que sus docentes graben videos cortos para enviar por Whatsapp a sus estudiantes. Si existe apoyo técnico (en conectividad, plataformas e ideas de equipos de formación) y comprensión desde los ministerios provinciales de las dificultades que pueden estar pasando también las y los docentes.  En la vida precoronavirus el Whatsapp era casi como el DNI en el sistema educativo, está en todas las fichas que completamos quienes tenemos hijos/as en edad escolar. No parece tan difícil, aunque no aparecen voces educativas planteando medidas ni políticas concretas.

La pandemia nos encuentra con un Ministerio nacional que, al igual que parte del gobierno antes de esta coyuntura y en múltiples áreas, no termina de definir su rol y líneas prioritarias. Aunque podía agenciarse el inicio de clases a tiempo (acordado con sectores sindicales afines al gobierno que iniciaba, lo cual no es un tema menor a considerar) poco se sabía acerca de las líneas de acción. Hoy, aparte de la rápida reacción de programar contenidos educativos en la TV Pública, lo cual está buenísimo pero son un complemento de lo que ocurre en el sistema, es preciso pensar desde la urgencia, pero con mirada de mediano y largo plazo. Planteado sin demasiada reflexión y con la aclaración que sería necesario pensar las ideas en detalle, cabe enfatizar algunas alternativas: formación en línea, buscar la centralización de los contenidos a través del diseño de plataformas unificadas y sencillas de utilizar, insistir en la presencia/contacto virtual de los y las docentes, equipos pedagógicos que planteen y pongan a disposición del sistema recursos (planificación de clases, videos, actividades de las más variopintas), recuperar un rol del Ministerio –vía Consejo Federal– de supervisión, acompañamiento y generación de contenidos para asegurar que la coyuntura no genere más desigualdades e intentar homogeneizar las actividades. Que los y las docentes se sientan acompañados y acompañadas ante la emergencia, tanto como deben sentirse familias y estudiantes. Eso implica combinar retribuciones económicas y simbólicas. Un apunte para ahora mismo: no sería mala idea que en vez de correr por lo virtual, los diversos ministerios probaran el desarrollo de videos cortos, sencillos, con ideas para familias y para estudiantes. Hoy la tarea central puede pasar más por lo lúdico que por recuperar contenidos.

Muchas de estas políticas no tendrán un efecto inmediato durante la cuarentena, ya que, aún cuando los estudiantes reciban sus actividades, las desigualdades preexistentes tienen una ponderación mayor. Pero sí pueden plantearse como una hoja de ruta para repensar las desigualdades educativas en el mediano y largo plazo, en tanto pensemos que gran parte del esfuerzo presupuestario, técnico y de recursos debería orientarse a quienes salieron más desfavorecidos de esta coyuntura. Asimismo, la formación podría implicar, para mediano y largo plazo, una vez que los tiempos escolares retomen sus ritmos más tradicionales, la conformación específica de la figura de tutores/as virtuales, con presencia en línea, a los cuales estudiantes y familias puedan recurrir para resolver tareas y actividades durante el coronavirus y en el escenario post coronavirus. Podría implicar también la puesta en marcha de estrategias que, sin perder la búsqueda de construcción de un universal, sostenga el trabajo cotidiano de docentes en zonas más críticas y desfavorecidas, conformando equipos de respuesta territorial con formación pedagógica tanto como en culturas juveniles y diversos aspectos como embarazo adolescente, aborto, adicciones, orientación laboral, entre otras cuestiones.

La última discusión es sobre la necesidad del cumplimiento de los “famosos” 180 días de clase. En nuestra irrefrenable pasión por plantear leyes de difícil cumplimiento en el año 2003 se sancionó la Ley 25.864/2003 que fija un ciclo lectivo anual mínimo de CIENTO OCHENTA (180) días efectivos de clase y establece la necesidad de compensar los días de clase. Esta ley requiere hoy de nuevas reflexiones. Pre coronavirus sabíamos que el tiempo en la escuela no garantiza per se aprendizajes significativos y que la “pérdida de clases” afecta desigualmente a las personas de acuerdo al establecimiento donde estudien. Algo similar podemos pensar de las propuestas, tan en boga, de jornada extendida: ¿más horas de qué?: Es muy distinto si se trata de más horas libres, de clases sin planificación o de parejas pedagógicas, tutores/as, diferentes actividades didácticas, entre otras. La ley puede funcionar como un corset para familias, educadores/as, niñas, niños, jóvenes, funcionarios, técnicos, personas de toda edad y condición que a fines de diciembre no van a querer estar en una escuela. Es la oportunidad para enfatizar en la recuperación de contenidos que en días de clase (aunque se podría adelantar el inicio del próximo año lo importante es lograr tiempo en aprendizajes significativos).

Pre coronavirus sabíamos que el tiempo en la escuela no garantiza per se aprendizajes significativos y que la “pérdida de clases” afecta desigualmente a las personas de acuerdo al establecimiento donde estudien. Algo similar podemos pensar de las propuestas, tan en boga, de jornada extendida: ¿más horas de qué?

Esto no implica que dejemos de lado la reflexión sobre el tiempo. En un libro hermoso llamado En defensa de la escuela, Masschelein y Simons enfatizan que estar en la escuela es precisamente tener tiempo libre, en tanto pone en suspenso el peso del orden social, las tareas y roles que se deben realizar en otros espacios como el trabajo y la familia. Dicen: “la escuela es el tiempo y el espacio en el que los estudiantes pueden abandonar todo tipo de reglas y expectativas relacionadas con lo sociológico, lo económico, lo familiar y lo cultural. En otras palabras, dar forma a la escuela (hacer la escuela) tiene que ver con una especie de suspensión del peso de todas las reglas. Una suspensión, por ejemplo, de las reglas que dictan o explican por qué alguien –y su grupo o su familia– cae en cierto peldaño de la escala social. O de la regla que afirma que los niños de viviendas protegidas no tienen interés en matemática, o que los estudiantes de la formación profesional les distrae la pintura, o que los hijos de los industriales prefieren no estudiar cocina”.

El durante el coronavirus puede darnos claves para pensar el post coronavirus y la necesidad de resignificar un tiempo de escuela –que puede darse también de manera virtual– que no esté vinculado con la productividad, sino que mantenga como premisa la expectativa de poner en suspenso las reglas del orden social.

Esta coyuntura deja una pregunta inquietante acerca del comportamiento de nuestro federalismo, la distribución de recursos, los incentivos presupuestarios (varios hilos en Twitter de Alejandro Morduchowicz nos ilustraron sobre estas definiciones). En el hoy es preciso centralizar actividades, vía Consejo Federal, apoyar a las provincias con menos equipos técnicos para trabajar en la coyuntura. Tal vez sea el punto de inicio para replantearse el esquema de las políticas educativas en el país así como una sociedad que deje de pensar en términos de héroes y heroínas y genere la posibilidad de construir un andamiaje institucional que no pierde de horizonte la expectativa de acortar las brechas de desigualdad.

Por qué no abrimos antes Google Classroom

por Manuel Beccerra

http://revistaanfibia.com/ensayo/no-abrimos-google-classroom/

No fue por resistencia ni conservadurismo: las TIC entraron al aula pero sin quitarle jerarquía a las estrategias didácticas clásicas, escribe Manuel Becerra. La cuarentena desnuda a la educación pública porque desnuda toda la dinámica social. Entre arriar la bandera y compartir materiales por Bluetooth, la institución como la conocíamos fue una suma de experiencias. Qué pasará con la escuela y sus rituales después del confinamiento, cómo hará para mestizarse también con este momento de la historia.

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jueves, 7 de mayo de 2020

Los estudiantes volvieron a clases en Wuhan, epicentro del coronavirus en China

Hace diez días que China no reporta muertes por la covid-19

La reapertura de colegios en Wuhan se dió sólo para el último año de los colegios secundarios. En paralelo, ante acusaciones de Estados Unidos, China manifestó que no es el momento para investigar el origen de la pandemia.
Fuente: Página 12
A clases con barbijos y pupitres anticontagio.

Tras cuatro meses con los colegios cerrados los estudiantes de último año de las escuelas secundarias de Wuhan, epicentro del coronavirus en Chinavolvieron a clases. Dentro de las medidas que tomó el gobierno para la vuelta a las aulas están el uso obligatorio de barbijos, detectores de temperatura y cumplir con el distanciamiento social. En paralelo, el embajador de China en las Naciones Unidas Chen Xu manifestó que no es el momento para investigar el origen de la pandemia. De esa manera respondió al reclamo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su Secretario de Estado, Mike Pompeo, quienes sostienen que el coronavirus fue creado por ChinaDesde hace diez días que el país asiático no reporta nuevos muertos por la covid-19. En las últimas 24 horas se informaron dos nuevos positivos provenientes del extranjero.

Pupitres anticontagio

Cuando llegó el coronavirus al China el ciclo lectivo ya se encontraba paralizado por las festividades de año nuevo. La jornada del miércoles marcó el regreso a las aulas para los alumnos de Wuhan que se vieron cara a cara por primera vez en el año. Sin embargo tuvieron que llevar barbijo y pasar por cámaras infrarrojas para detectar posibles casos de fiebre. En algunos colegios los pupitres fueron revestidos con biombos de acrílico para evitar contagios. Además, alumnos, maestros y personal no docente estuvieron en aislamiento durante las dos semanas precias a la reapertura.
Los adolescentes se mostraron contentos con al vuelta a clase. "Por fin recomienza la escuela", dijo una alumna en la red social Weibo. "Es la primera vez que estoy tan contenta de volver a clases, a pesar de que tengo examen en dos días", agregó. Los jóvenes de Wuhan se encontraron con una nueva disposición de las aulas por la pandemia: tuvieron que sentarse en mesas individuales separadas un metro una de otra, de frente a sus profesores. Además, se les entregarán dos barbijos por día. Los aulas fueron acondicionadas para que solo entren 30 personas. Desde enero que las escuelas permanecían en receso, antes de que se decretara la cuarentena en Wuhan y en toda la provincia de Hubei, ubicada en el centro de China. Como en el resto del país, desde aquel entonces los estudiantes seguían los cursos por internet.
Sin embargo las autoridades de Hubei reanudaron las actividades escolares de manera diferenciada. La fecha de inicio de las clases para las otros años de la secundaria, así como para los alumnos de la escuela primaria, aún no fue anunciada. También en las gigantescas metrópolis de Beijing y Shanghái sólo los estudiantes del último año de la secundaria volvieron a las aulas. Deberán ponerse al día para los exámenes finales cuyas fechas fueron postergadas un mes, hasta principios de julio.
Los casos declarados de coronavirus se redujeron de manera drástica en China las últimas semanas. Los número totales parecen estancados en tormo a los 82.883 casos positivos y 4.633 muertos. La Comisión Nacional de Salud informó que 395 personas siguen hospitalizadas por la enfermedad. Otras 949 se encuentran bajo aislamiento y en observación por tratarse de casos que dieron positivo al coronavirus pese a no mostrar síntomas, según informó la agencia de noticias china Xinhua. Wuhan había permitido la entrada y salida de personas de la ciudad el pasado 8 de abril, tras 76 días de aislamiento. Las autoridades de Salud de la provincia informaron que allí no hay nuevos casos de la covid-19 desde hace 32 días.

El debate por el origen

Asimismo, China respondió a las acusaciones de Estados Unidos sobre el origen de la pandemia. El gobierno asiático pidió a la comunidad internacional concentrase en combatir al coronavirus. "Creo que por el momento la primera cosa, la mayor prioridad, es salvar vidas”, dijo Xu, embajador ante la ONU en Ginebra. El funcionario resaltó que el contexto actual no es propicio para realizar análisis serios. “Si hablamos de investigaciones o de evaluaciones necesitamos una buena atmósfera, no se pueden permitir críticas motivadas por razones políticas. Esto es un virus político que se disemina y que hay que parar”, sostuvo Xu.
En los últimos días, tanto Trump como Pompeo habían declarado que su gobierno contaba con pruebas de que el nuevo coronavirus no tuvo origen animal, sino que fue fabricado en un laboratorio. Pero la Organización Mundial de la Salud desmintió varias veces que el virus haya sido manipulado genéticamente. Por su parte, el embajador chino sostuvo que las acusaciones norteamericanas no contribuían a combatir la pandemia. "Es mentalidad en la clase política de Estados Unidos que culpa a China de todo", sostuvo el funcionario. También enfatizó que el gobierno norteamericano estaba buscando desviar la atención de su fracaso en el combate a la covid-19. "Si el presiente Trump o el señor Pompeo tienen pruebas, que las presenten al mundo entero en vez de señalar con el dedo (...) Son los científicos los que pueden responder a estas cuestiones", afirmó Xu. Además sostuvo que aún no podía saberse si el virus había nacido en Wuhan u otra parte del mundo. “Algunos mencionan que en Francia se reportaron casos en diciembre, pero no podemos sacar así de fácil la conclusión de que el primer caso se originó allí", explicó el funcionario.

viernes, 1 de mayo de 2020

Teletrabajo: apenas cuatro de cada diez docentes privados tienen computadora

El sindicato de docentes privados realizó una encuesta sobre sus 8 mil afiliados que arrojó resultados alarmantes a la hora de evaluar el alcance real de la educación a distancia. Problemas de conectividad, stress y vulneración de la jornada de trabajo.
Fuente: Tiempo Argentino

Por Alfonso de Villalobos - @alfondevil
27 de Abril de 2020
La suspensión de las clases a partir del 16 de marzo fue una de las primeras medidas que adoptó el gobierno nacional con el propósito de disminuir el flujo de personas en el marco de la pandemia de CoVid19. Días después se dictaría la cuarentena total que, con sus flexibilizaciones, todavía rige hasta al menos el 10 de mayo. La suspensión del ciclo lectivo, de todas maneras, no implicó el cese del dictado de clases que, en muchísimos casos y en todos los niveles, derivó en la continuidad del vínculo pedagógico bajo formato virtual.

Con todo, y más allá del creciente debate y rechazo a la modalidad por sus evidentes déficit pedagógicos así como por la latente vulneración de derechos laborales sobre los trabajadores de la educación, un nuevo dato que se conoció el lunes pone blanco sobre negro acerca de la viabilidad y el alcance real de ese formato de enseñanza en las actuales condiciones. Según una encuesta realizada por el Sindicato Argentino de Docentes Privados de la Argentina (SADOP), el 63% de los docentes privados no tiene PC propia.

Por ese motivo, según el análisis del gremio, los educadores privados, no disponen plenamente de la que se ha transformado en su herramienta laboral principal. Es que, según el estudio, los y las educadores “deben usar la computadora familiar y repartir su uso diario”.
El dato surge de un primer cruce de datos del relevamiento del cual también surge que “el 51% de las y los docentes privados tienen más de tres cursos a cargo”.

Otro efecto del teletrabajo que aparece destacado en el documento y que también se verifica en otros estudios que reflejan el impacto del "home office" en otras actividades, es el incremento de las horas de trabajo: “el 47 por ciento trabaja más horas de las habituales durante la actual pandemia producto de responder las demandas de cada alumno y padre en cualquier horario”.
Por eso, “el 44% de las y los maestros asegura no lograr desconectarse del trabajo en su casa”.

Las trabajadores de escuelas e institutos privados, además, sufren la cuarentena en forma agravada puesto que, al tratarse de empresas privadas, se ven atravesadas por decisiones particulares motivadas por el afán de lucro de sus dueños.
De este modo emergen denuncias por reducciones de cargos (fusiones de cursos), descuentos salariales unilaterales y hasta cierres amparados en una supuesta mora en los pagos de los aranceles por parte de las familias.Las trabajadores de escuelas e institutos privados, además, sufren la cuarentena en forma agravada puesto que, al tratarse de empresas privadas, se ven atravesadas por decisiones particulares motivadas por el afán de lucro de sus dueños.
De este modo emergen denuncias por reducciones de cargos (fusiones de cursos), descuentos salariales unilaterales y hasta cierres amparados en una supuesta mora en los pagos de los aranceles por parte de las familias.

lunes, 30 de marzo de 2020

De lo efectivo a lo aparente. Educación en tiempos de cuarentena

  en El Aromo n° 110/Novedades

El gobierno está dispuesto a sostener a cualquier costo el proceso pedagógico vía online. La pandemia puso al desnudo las condiciones reales de vida de la clase obrera y la situación concreta del sistema educativo. El Ministerio de Educación actúa como si los docentes y el vínculo pedagógico interpersonal fuera fácilmente reemplazable. Abre la puerta al socavamiento de derechos docentes y hace caso omiso de las condiciones de vida reales de quienes van a usar esos recursos: millones de alumnos en situación de pobreza.
Por Romina De Luca – GES
El diccionario define virtual como aquello que tiene existencia aparente y no real o que tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente. Para clarificar, agrega que se trata de un uso en oposición a efectivo o real. Podrá decirse que no considera el uso “tecnológico” del término, pero bien se aplica a la realidad escolar actual. Las medidas para prevenir la propagación de la pandemia del Coronavirus (COVID-19) llegaron con muchas contradicciones a las escuelas. En primer lugar, el domingo 15 se suspendió la asistencia de alumnos a las escuelas de todo el país hasta el 31 de marzo aunque al momento del cierre de esta nota no se oficializó si la medida se extenderá a partir del 1º de abril. Esa primera medida no alcanzaba a docentes, docentes directivos, personal administrativo ni auxiliares. Todos debían continuar asistiendo para diseñar planes de contingencia y atender tareas administrativas. La determinación no sorprende si consideramos que tres días antes, Trotta se negaba al cierre de escuelas aduciendo una función social para el cuidado de niños. Alberto Fernández acompañó esa idea. La Resolución 108 dictada por el presidente establecía claramente que se mantenían “abiertos los establecimientos educativos” y en el inciso a) del artículo 1º que “durante el plazo que dure la suspensión de asistencia de estudiantes, el personal docente, no docente y directivo concurrirá normalmente a los efectos de mantener el desarrollo habitual de las actividades administrativas, la coordinación de los servicios sociales y las actividades pedagógicas que se programen para el presente período de excepcionalidad”. Bajo ese paraguas, luego cada provincia dispuso su propia forma de realizar la suspensión con continuidad: el modelo Kicillof con asistencia de todo el personal docente, el modelo Larreta con guardias rotativas (similar al personal mínimo de Entre Ríos), el acortamiento de la jornada laboral en 1 hora (como en Santa Fe). Solo la rebelión docente logró poner un poco de racionalidad a la medida que, por más guardia mínima que se establezca, multiplicado por 50.000 escuelas exponía a cientos de miles de compañeros multiplicados por sus familias. Si bien el aislamiento social obligatorio decretado el 20 abonó en ese sentido no se deja de presionar a directivos para que “asistan a las escuelas”, para que una guardia mínima atienda la entrega de alimentos y/o bolsones. También se multiplicaron los grupos de whastapp con supervisores, inspectores, directores y las indicaciones llegan a cualquier hora del día.
Cómo entender esos idas y vueltas. El gobierno está dispuesto a sostener a cualquier costo el proceso pedagógico vía online. El argumento oficial parece sencillo: si otros países lo hicieron por qué no nosotros. Conviene revisar, entonces, porqué al margen de las buenas intenciones de cientos de miles de docentes que hoy se reconvierten en “facilitadores” virtuales, la propuesta no opera en el vacío y está destinada a fracasar. Hay que analizar la realidad de millones de alumnos en todo el país y también los recursos con los que contaron las escuelas hasta el momento para, en palabras del gobierno, facilitar ese tránsito. Si queremos aprender algo de esta pandemia debemos prestar atención a este punto.
Conectados
En nuestro país, la creación de aulas laboratorio data de los años noventa. Fue bajo la presidencia de Carlos Menem, en el marco del Plan Social Educativo iniciado en 1993 y del Programa de Descentralización y Mejoramiento de la Enseñanza Media, lanzado un año más tarde, que se inició el abastecimiento de las escuelas con lo que se conocía como equipos multimediales: aulas con computadoras (los laboratorios informáticos), DVDS, televisores, videos y proyectores. Fueron esfuerzos “pioneros” de las políticas que se lanzarían años más tarde. Desde el 2000, la Campaña Nacional de Alfabetización Digital y el Programa Integral para la Igualdad Educativa retomarían la agenda digital diez años más tarde. La distribución de portátiles “1:1” para docentes y alumnos data de 2005 y tiene sus primeros pasos en programas provinciales: la Red Rionegrina de Educación Digital (2005) y Todos los chicos en Red (San Luis, 2007). El primero adoptó el formato de aula digital móvil y el segundo sí ya asumió la modalidad de uno a uno. El lanzamiento nacional de ese mecanismo de distribución de portátiles data de 2009 “una computadora para cada alumno” que se propagandizó y extendió un año más tarde como “Conectar Igualdad” para las secundarias. Algunos años más tarde y con menor masividad se lanzó Primaria Digital. También proliferaron planes de distribución provinciales como Sarmiento (CABA), Conexión Total (Córdoba), Política Pública de Educación Digital (Buenos Aires), Gurí Digital (Misiones) entre otros.
Según sus funcionarios, la panacea digital que el macrismo vino a arruinar. Pero los datos desmienten las ilusiones. En 2015, UNICEF publicó los resultados de la Encuesta Nacional sobre Integración de TIC en la Educación Básica realizada en una muestra representativa de escuelas durante 2013. Los resultados mostraban que solo el 52% de las escuelas primarias tenían acceso a internet para docentes y estudiantes mientras que en las secundarias la cifra ascendía a 61%. Números globales que empeoran si se mira por tipo de gestión: en las escuelas estatales tenían internet solo el 36% de las primarias y el 45% de las secundarias. Con un servidor escolar, que facilite la creación de plataformas propias contaba apenas un cuarto de las primarias y el 45% de las secundarias. Pizarras electrónicas apenas el 10% de las escuelas primarias y el 8% de las secundarias. De las que sí tenían servidor, casi la mitad tenía acceso a internet por cableado telefónico. Como si fuera poco, una cifra nada menor, un tercio de las escuelas primarias estatales, no disponen de computadoras ni para estudiantes ni para docentes.
Algunos años más tarde, las cifras no muestran gran avance. Según los datos del 2019, solo 18 mil escuelas públicas de todo el país estaban conectadas a Internet sobre un total de 49 mil escuelas. En total, las cifras sostenían que el 62% de la matrícula estatal disponía de algún tipo de conectividad (vía fibra óptica, coaxil, radioenlaces o tecnología satelital). La mayoría tiene una conexión de tipo red local que sabemos colapsa. Para tener un parámetro de medida, solo la provincia de Buenos Aires tiene 13 mil escuelas.
Ahora bien, la encuesta de 2016 también mostró cómo ocurría ese proceso de integración de las TICS en la cotidianeidad escolar. Argentina no se salía del parámetro latinoamericano medio: la generalización de los laboratorios informáticos. Así, los alumnos tenían que trasladarse a un aula especial para hacer uso de las computadoras lo que implicaba horarios pautados y prefijados y el amontonamiento de más de un alumno por computadora. En las escuelas primarias, solo un 13% tenía las computadoras integradas al aula y un 10% más contaba con un sistema mixto (integración más laboratorio) mientras que en las secundarias era de 23% y 20% respectivamente. Para peor, al cruzar todas esas condiciones estructurales con las características socioeconómicas de la población encontraron que el acceso a internet se ubicaba entre el 47% y 41% en las escuelas con más de la mitad de la población con Asignación Universal por Hijo (AUH). A su vez, la encuesta mostraba que sobre el total de alumnos encuestados que asistían a escuelas estatales, el 38% no disponía de internet en su domicilio.
¿Y los docentes? Bien, gracias. Según la encuesta complementaria que se realizó en las pruebas Aprender 2016, más del 90% de los docentes encuestados cuentan con computadoras en sus hogares. Pero a contramano del mito oficial, ese patrimonio no resulta de una política estatal: solo 4 de cada 10 manifestaron ser provistos por una notebook oficial (más del 67% de los docentes de secundaria y casi el 24% de los de primaria). El mismo Tedesco (ex ministro de educación) reconocía que para el nivel primario se había privilegiado la política de “aulas móviles” y no de dotación de equipo individual ni para docentes ni para estudiantes. En general, la mayoría de los docentes tiene conexión a internet, en la primaria la cifra de los docentes sin internet trepa al 18% de los estatales. Casi en su totalidad, los docentes tienen celular, pero, en 2016, un tercio de los del nivel primario disponen de smartphones mientras que en secundario la cifra asciende a casi el 60%. Entre los estudiantes, el acceso a celulares también está masificado en secundaria, pero es sustantivamente más bajo al finalizar la primaria donde un tercio de los alumnos de escuelas estatales no los tienen y como vimos más arriba tampoco fueron dotados necesariamente de una tablet o notebook. En la escuela secundaria un 15% de los alumnos de escuelas estatales no tiene computadoras en sus casas. En cambio, en la primaria 1 de cada 3 no tienen ninguna computadora disponible en su hogar siendo más alta esa carencia en las escuelas estatales donde casi el 40% de los alumnos carecen de computadoras en sus casas. Además, el 35% de los alumnos de secundarias estatales no tienen acceso a internet en sus casas y esa cifra trepa a casi el 45% en las primarias. El estado de las escuelas no era mucho mejor para garantizar el acceso: en 4 de cada 10 escuelas estatales la conexión es lenta e inestable. Además, el 36,8% de los establecimientos estatales se conecta a Internet mediante señal de celulares, por vía satelital o bien a través de otras modalidades que suelen aportar un menor ancho de banda.
Además, cuando se le preguntó a los alumnos de primaria para qué usaban las distintas herramientas tecnológicas. La respuesta no alienta: solo el 42% manifestó que lo hacía para buscar información para la escuela y un 33% para estudiar temas “de la escuela”. En las secundarias, la cifra es bastante mayor: el 70% busca información para la escuela y el 48% estudia para algún tema escolar. Aunque, solo un cuarto de ellos dice hacerlo una vez por semana mientras que el 56% apenas una vez al mes. Solo el 35% reportaba usar la computadora como herramienta para escribir algún trabajo semanalmente. Tres de cada diez estudiantes manifestaron que en sus clases nunca se integró la tecnología tanto en escuelas primarias como secundarias.
Entonces, siguiendo los datos de los que dispone el Ministerio, un 15% de los estudiantes de secundario y un tercio de los de primaria no tienen computadoras. Supongamos que tienen celular porque en efecto muchos lo tienen. El 35% de los de secundaria no tiene internet en su casa y en primaria la cifra asciende a 45%. Toda esa masa de alumnos no podrá seguir los planes de contingencia, ni visualizar las plataformas escolares. Tal vez por ello, el Ministro Trotta anunció que en la segunda semana de suspensión se habían producido apenas un ingreso de 1.4 millones de visitas y 2.5 millones de sesiones iniciadas. Número más que modesto si se considera que el sistema tiene 900.000 docentes y 11millones de alumnos. Los que ingresaban, lo hicieron mayoritariamente desde un celular: casi el 70%. También distintas provincias explicitaron la necesidad de apoyo familiar en estas nuevas tareas, pero ¿quiénes son esas familias?
Acompañados
La idea de seguir aprendiendo durante la cuarentena presupone que la familia deberá acompañar y varias provincias así lo hicieron saber. Existen múltiples ejemplos de ello: parte de las plataformas requieren acceso por parte de los padres y/o su ayuda para “descolgar y colgar” la información, porque las actividades se envían por email con copia a los padres para evitar contactos de “adultos” docentes por redes a menores o, en una no menor cantidad de situaciones, se contacta directamente a los adultos para que gestionen las actividades con ellos. Para empezar, veamos entonces las condiciones de esos padres.
Las pruebas Aprender 2016 evidenciaron que casi el 15% de madres/padres de niños de primaria tenían únicamente la escuela primaria completa. Para el nivel secundario, en promedio, más del 7% de las madres/padres tiene primaria incompleta y otro 11% la primaria completa. Con secundario incompleto se ubican el 22% de madres y padres de primaria y el 19% de la secundaria. Ese es el capital cultural con el que podrán ayudar, acompañar, guiar a sus hijos en el proceso escolar. No solo se trata de la posibilidad de “acompañar”. Distintos estudios muestran que el nivel educativo de madres o padres determina que en estos hogares existe el triple de chances de tener privación de, por lo menos, un derecho básico y fundamental. Pero de esto nos ocuparemos luego. A su vez, sabemos que el hacinamiento en las escuelas nunca es bienvenido pedagógicamente hablando y también habla de las “pericias” con las que van a partir los alumnos para desarrollar su tarea de forma autónoma. Bien, mientras están en clases, más del 30% de los alumnos de primaria se encuentran en aulas con más de 35 alumnos y en secundaria la cifra es similar: 29%. Resulta importante destacar que en toda la literatura experta analiza ciertos factores como posibles condicionantes del aprendizaje, cuyo grado de impacto, se debe medir: factores familiares, desarrollo infantil (lo que implica desde la nutrición hasta la estimulación preescolar), nivel económico-social del hogar, nivel educativo de madre/padre, capital humano de los alumnos, capital de las escuelas (tanto físico, humano y social), efecto del aula o también llamado “misterio del aula” y los factores institucionales. Para el caso argentino, los informes oficiales encuentran que el nivel socioeconómico influye a nivel colectivo y no individual, que la educación de los padres condiciona positivamente la educación y el rendimiento del niño, que el contexto socio-geográfico de la escuela influye también en los desarrollos. Del mismo modo que embarazos, maternidad/paternidad de los adolescentes incidía en su trayectoria individual al igual que el ausentismo. Las tutorías también apuntalaban el desarrollo. Es decir, mientras están en la escuela un tercio de los alumnos están hacinados, lo que dificulta per se la tarea pedagógica. No podrán suplir esa carencia con ayuda familiar: entre el 15% y el 18% de las familias tienen el mismo nivel educativo que sus hijos. Difícilmente puedan ayudarlos. Por si hiciera falta, solo un tercio de los directivos de escuelas creen, según distintas encuestas, que la tecnología puede ayudar mucho aún si no hubiera acompañamiento familiar.
Transcurridas casi dos semanas de suspensión, las pruebas se acumulan. Los planes de contingencia no se cumplen. Las metas puestas por miles de docentes para la entrega de actividades evidencian que un número minoritario de alumnos está pudiendo entregar sus tareas en tiempo y forma. Testimonios de muchos padres grafican la situación: mi hijo solo tiene celular y no computadora y no puede entregar, no comprende la tarea o no puede resolverla. Estos relatos se acumulan en blogs de las escuelas y nos golpean en la cara. Esa misma frustración aparece en decenas de miles de estudiantes de escuelas para adultos quienes requieren un alto acompañamiento docente en su cotidianeidad escolar y se enfrentan a los mismos dilemas azuzados por años de desescolarización.
¿Y cómo viven?
La continuidad del proceso pedagógico online no solo se encuentra limitada por los recursos disponibles en las escuelas -incluyendo el grado de creación de plataformas y blogs escolares- o aquellos entregados a los alumnos sino también por las condiciones de vida de esa población.
Empecemos por la posibilidad técnica de continuar online. En 2018, en la VII Asamblea de la Comisión Interamericana de Telecomunicaciones (CITEL) se reconoció que: el 30% de los argentinos no tiene acceso a internet y el 40% que lo tiene no sabe cómo usar la red. Además, en el 70% del territorio, donde vive el 30% de los argentinos, no hay acceso a internet o el acceso es de mala calidad. Para el tercer trimestre de 2019, el Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM) especificaba el grado de penetración de internet fija cada 100 hogares. Los datos grafican la desigualdad con la que se llevará a cabo la mentada continuidad pedagógica: Buenos Aires, 70 casi igual que Córdoba y Santa Fe; entre 50 y 65 hogares cada 100, en Entre Ríos, Neuquén, Río Negro y Santiago del Estero; entre 40 y 50, Chubut, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Salta; menos de 40 y en general en el rango de 30, Catamarca, Chaco, Corrientes, Misiones, Formosa, San Juan, Santa Cruz, Tucumán. Solo La Pampa, CABA superan los 77 y 112 hogares cada uno[1]. Luego del lanzamiento de la cuarentena, el Ente Nacional de Comunicaciones sinceró el estado general de esa “penetración” y recomendó un uso racional de internet para evitar un colapso privilegiando el home office y las tareas educativas.
Según los datos de la UNICEF de marzo de 2019, el 42% de los niños de todo el país son pobres y de esos casi un 9% indigentes, es decir, no llegaban a cubrir siquiera la canasta alimentaria. Un tercio de ellos, viven en hogares monoparentales (sostenidos por mujeres centralmente) mientras otro tercio se encuentra en grupos familiares extensos. La mitad de todos los niños del país sufre, por lo menos, una privación en lo que el organismo considera “derechos básicos y fundamentales”. Para tener alguna medida concreta, se narran testimonios concretos: “un kilo de azúcar me dura un día y medio” relata una madre de seis hijos, otra agrega “al mediodía comemos lo que consigue mi marido, y a la noche si no encontró, hago alguna sopita, una tira de pan, algo comemos”. Sus dietas se componen básicamente de harinas y azúcar, depende de los bolsones repartidos, en condiciones normales, por el gobierno. Los médicos municipales entrevistados contaban que se había incrementado el número de familias que recurría a los basurales como principal “comedor”. Las gastritis y diarreas aparecen como los trastornos de salud crónicos. En ese cuadro de carencia de alimentos, los adultos saltean una comida casi siempre la cena, que se reemplaza por un mate cocido azucarado. “Niños, niñas y adolescentes manifestaron “sentir hambre”, de forma somática, la cual se expresa en trastornos del apetito, dolores de cabeza, entre otros”. Obesidad infantil y desnutrición son los resultados espejados de esas carencias. Además, producto del déficit habitacional alergias respiratorias, afecciones dermatológicas, cuadros respiratorios y migrañas están a la orden del día. También los profesionales de la salud detectaron ascenso en los déficits de atención de niñas y niños. En relación específica a las escuelas de las zonas donde se realizó el estudio, los referentes entrevistados denunciaban escasez de material didáctico, útiles y equipamiento. Por eso, se concluía que las escuelas estarían gestionando cada vez más problemas de escasez y precariedad, con menos recursos, programas y dispositivos. Además, los centros de atención comunitaria narraban que “la inflación nos está comiendo la plata, está difícil, a veces sacamos las lentejas, o la lavandina, o el arroz o el papel higiénico”. Una postal capitalista cotidiana dónde se priva de lo básico a la mayoría al calor que esas privaciones enferman normalmente de causas evitables. No hace falta decir que este cuadro se exacerba en contextos de pandemia.
¿Quiere un dato menos “impresionista”? Según el Relevamiento Nacional de Barrios Populares que se realizó en 2017 en Argentina hay 4.228 barrios populares.[2] En ellos viven cerca de 800.000 familias y un total de 3 millones de personas, el equivalente a todos los habitantes de Córdoba o Santa Fe. ¿Qué define técnicamente a un barrio popular? La aglomeración de más de ocho familias y la carencia en el acceso a más de un servicio básico: agua, cloacas, gas, luz. La Ciudad de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires concentran al 60% del total de familias que viven en asentamientos (10% y 50%, respectivamente). De esos “barrios populares” casi el 75% son asentamientos y el 20% villas. Nadie con sentido común puede suponer que eso se generó bajo el macrismo, pero, para desconfiados, en promedio asentamientos y barrios tienen una antigüedad de 28 años.
¿Continuar el proceso pedagógico en casa? El 61% tiene conexión irregular a electricidad y poco más del 1% no dispone siquiera de servicio eléctrico. De los que sí tienen luz, la prioridad no es el uso educativo: cargar bombas de agua o calefaccionar los ambientes son los principales usos que saturan, además, la red. El 96% no tiene agua de red ni cloacas y el 64% accede a través de conexiones irregulares que se contaminan sistemáticamente. Pero ¿tienen internet? Solo un 17% tiene acceso fijo, el 55% lo hace a través de celulares y el 15% no tiene ningún acceso. En provincias como Salta, el 48% de las familias que viven en estos barrios no tienen ningún tipo de acceso a la red.
Ya ni hablemos del agravamiento de todos esos indicadores en el contexto actual y de los laborales en particular. Casi 5 millones de trabajadores lo hacen en negro. La mayoría con familias a cargo a las que deben “acompañar pedagógicamente” mientras piensan como consiguen qué comer día a día y tampoco pueden salir a changuear en cuarentena. A los que podemos sumar otro 12% más de desocupados “oficiales” cifra que rápidamente se duplica si sumamos, por ejemplo, todo el subempleo o los desalentados que no son considerados desocupados. Por qué no, agreguemos a los que están fuera de la escuela: dos de cada tres jóvenes que ni estudian ni trabajan son mujeres y se dedican a tareas de cuidado familiar. Mientras por lo menos 500.000 adolescentes en edad escolar no asisten a la escuela, de los que sí lo hacen, solo la mitad egresa. La otra mitad, no será alcanzada por ningún plan de contingencia escolar sencillamente porque no están en la escuela.
Un vínculo irremplazable
La pandemia puso al desnudo las condiciones reales de vida de la clase obrera y la situación concreta del sistema educativo. Décadas de degradación en las condiciones de vida y educativas de la mayoría de la población. El Ministerio actúa como si no fuera parte del problema y como si no fueran ellos -como representantes de una clase social- los que nos gobiernan hace décadas. Mira al costado y supone que puede resolver en tres días lo que no hizo en años. Aunque sea irrealizable vamos a convencernos de que todo continúa. Cierto es que la predilección por la virtualidad, la semi-presencialidad, las tutorías y los docentes como facilitadores son una construcción de vieja data. Forma parte de la agenda Educación 2030 y de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible. A nivel local, ya la Ley de Educación Nacional fijó que la necesidad de desarrollar competencias necesarias para que los estudiantes dominen los nuevos lenguajes producidos por las tecnologías de la información y la comunicación. Nadie podría estar en desacuerdo. Pero esa meta se inscribe en una situación concreta: las escuelas carecen de recursos, aunque la Ley se hubiera comprometido a “generar las condiciones pedagógicas”.
Por ahora, la cuarentena generalizó una receta: la distribución de actividades a los alumnos para que éstos autónomamente gestionen el proceso de enseñanza-aprendizaje por su cuenta. Si tienen una familia que pueda acompañarlos, mejor. El éxito de esta empresa debe ponerse en contexto no solo de la realidad material de millones de alumnos sino también de las competencias educativas propias que ya conocemos. Un tercio de ellos, no alcanzan competencias mínimas. Un tercio de ellos, por más que lo deseen no tienen condiciones para continuar con el proceso educativo: no tienen ni internet, ni computadoras. Tampoco se pueden concentrar porque no comen y la situación actual acentuará esa carencia.
Como si fuera poco, el Ministerio de Educación actúa como si los docentes y el vínculo pedagógico interpersonal fuera fácilmente reemplazable. Sobre este punto, recordemos que en la Conferencia sobre Inteligencia Artificial se destacó que “si bien la inteligencia artificial ofrece oportunidades para apoyar a los docentes en sus responsabilidades educativas y pedagógicas, la interacción humana y la colaboración entre los docentes y los educandos deben seguir ocupando un lugar esencial en la educación”. Para que no queden dudas, se estableció “los docentes no pueden ser desplazados por las máquinas” y se invitó a “velar porque sus derechos y condiciones de trabajo estén protegidos”.[3] En el mismo sentido, se reconocía que los docentes necesitaban capacitaciones para dotarlos de las competencias necesarias y que ello debía formar parte de una agenda de políticas públicas sistemáticas.
Entramos en un camino borrascoso. Mientras la implementación de la doble jornada en todas las escuelas del país aguarda tras 14 años, tal vez los funcionarios descubran que “las plataformas” sean una vía para alcanzarla. Mientras tanto no solo se abre la puerta al socavamiento de derechos docentes, sino que también se hace caso omiso de las condiciones de vida reales de quienes van a usar esos recursos: millones de alumnos en situación de pobreza. Casi la mitad de todos los niños. Por eso, hoy más que nunca, sí, estamos en guerra. Pero contra este sistema social.

[1] https://datosabiertos.enacom.gob.ar/dashboards/20000/acceso-a-internet/
[2]Para el 2016, la Organización Techo que realizó su relevamiento junto a la CTEP, Cáritas y Barrios de Pié-CCC con financiamiento de la Jefatura de Gabinete a través de la RENABAP se contaban en todo el país 3.826 asentamientos informales.
[3]UNESCO: Educación 2030. Consenso de Beijing sobre Inteligencia Artificial y Educación, 2019, p. 32. Disponible online en:  https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000368303

“La calidad de la educación en un enfoque competencial”

Bienvenido sea el controvertido término de las  “competencias básicas” , entendidas como capacidades holísticas e integrales, como conjuntos...